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Arzobispado de Puerto Montt

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Con extrema facilidad, los seres humanos nos encandilamos con las personas importantes, los grandes artistas que vemos en el cine o en la televisión, las personas que tienen poder político o económico, o bien consideramos que sólo ellos son capaces de influir en la sociedad y cambiar el mundo. Sin embargo, la gran mayoría no pertenece a ese grupo de personas conocidas y poderosas. La gran mayoría simplemente vive cada día con sencillez aportando un grano de arena a su familia, amistades o ambiente donde se desenvuelve. ¿Tienen ellos importancia? ¿qué pueden hacer por la sociedad?

Una vez Jesús, hablando del Reino de Dios que consiste en la presencia de Dios en la vida de las personas y de la sociedad, explicó que este reino se parecía a un grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, pero que cuando germina puede llegar a ser una planta mucho más grande en donde anidan los pájaros. De igual forma, contaba que también se parecía a un poco de levadura que una mujer pone en una masa de mayor tamaño haciéndola fermentar totalmente (cf. Lc 13,18-21). De esta forma, la presencia de Dios en la vida de las personas muchas veces es imperceptible, inubicable. Incluso más, cuando en nuestro entorno nos encontramos llenos de problemas, dolores y sufrimientos, simplemente nos desalentamos y nos cuestionamos si realmente Dios está presente en medio de nosotros.

   

La parábola del grano de mostaza nos invita a descubrir el Reino de Dios en lo pequeño, en el ambiente en el que nos movemos todos los días. No hay que buscarlo en los grandes discursos de los poderosos o en las acciones más grandiosas de los importantes; hay que descubrirlo día a día en lo que hacemos y decimos. Por otra parte, la parábola de la levadura en la masa nos advierte del poder insospechado y transformador de lo que está sumergido en lo ordinario de la vida, en las palabras dichas en el hogar, en los gestos del trabajo, en la forma de mirar y actuar ante los demás.

Una palabra atenta en una oficina, un gesto colaborador en la tienda, una sonrisa ante los niños, una ayuda a un adulto mayor, un comentario positivo a los que se esfuerzan, un acto de servicio a alguien que lo necesita no son derechos para gritar, sino estilos para propugnar, ya que desde estas pequeñas cosas comienza a construirse el Reino de Dios. Cuando hagamos de la amabilidad, el servicio y la gratuidad nuestra forma de relacionarnos, veremos entonces cómo anidan los pájaros del cielo en el árbol de la vida y cómo fermenta la masa de nuestra sociedad.

 

 

+ Fernando Ramos Pérez

Arzobispo de Puerto Montt