Arzobispado de Puerto Montt

Opinión arzobispo de Puerto Montt: San José y el trabajo.

Con ocasión de la reciente celebración el pasado 1° de mayo del día internacional del trabajo, cabe preguntarse qué significa para nosotros el trabajo. En el año 1955, el Papa Pío XII instituyó para ese día la conmemoración litúrgica de San José Obrero como una forma de presentar a este carpintero como referente para los trabajadores del mundo. Desde antiguo, las comunidades cristianas han visto en la figura de San José a un santo que, por una parte, se constituyó en padre adoptivo de Jesús de Nazareth, acompañándolo en sus primeros años de vida en este mundo, y, por otra, a un trabajador manual que con su esfuerzo cotidiano permitía que su hogar, constituido además por Jesús y María, tuviera lo necesario para enfrentar la vida.

   

En la actualidad, especialmente entre algunos adultos jóvenes, el trabajo es una especie de mal necesario para obtener dinero que permita financiar otras actividades más entretenidas o atrayentes. Por eso, no es raro constatar la falta de vinculación o involucramiento personal en los lugares de trabajo o ver que muchas personas duran poco en sus lugares de trabajo, buscando permanentemente una mejor remuneración o un trabajo distinto. Así el trabajo no es visto como una forma de trascenderse a sí mismo que permita seguir “plasmando” el mundo y la sociedad desde ciertos valores que lo hagan mejor y más humano.

Hace casi 45 años el Papa Juan Pablo II publicaba una carta encíclica en la que señalaba: “Con su trabajo el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos” (Laborem exercens, introducción). Es justamente esta característica de ser instrumento para el progreso y la elevación cultural y moral, lo que lo hace del trabajo una realidad necesaria para todos los seres humanos adultos. No es solo un modo de obtener dinero. Más aún cuando reducimos la actividad humana a una sola y desesperada búsqueda de mayor retribución económica, todo el resto comienza a quedar sometido a esa búsqueda, lo que lleva a la persona a permanecer esclava de su avaricia. La dimensión ética ayuda a perfilar nuestra búsqueda de trabajo.

José, el carpintero de Nazaret, nos enseña que todo trabajo honesto no sólo retribuye económicamente sino también dignifica a las personas. En este sentido Juan Pablo II decía: “El trabajo es un bien del hombre – es un bien de su humanidad –, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido se hace más hombre” (Laborem exercens, 9).

 

 

+ Fernando Ramos Pérez

Arzobispo de Puerto Montt