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Opinión Arzobispo de Puerto Montt: Convivir

Todos hemos experimentado una o varias veces el vértigo de la aventura de la vida. Siempre se nos abren posibilidades para el futuro y a veces nos sentimos fascinados por sueños maravillosos y novedosos o angustiados por presagios oscuros y borrascosos. La vida se nos presenta siempre como un misterio al que hay que desentrañar su verdad. Pero esta aventura se nos complica cuando experimentamos que la vida la vivimos con otros, con los que compartimos, luchamos, soñamos, construimos, competimos o disputamos. Vivimos en una eterna contradicción: necesitamos vivir con otros, pues de lo contrario viviríamos en una permanente soledad que nos destruiría a todos, pero cuando vivimos con otros, a veces afloran las tensiones que pueden generar división, agresión o incluso violencia entre nosotros. El momento presente nos ofrece varios ejemplos de esto.

¿Cómo podemos, entonces, encauzar nuestra convivencia? ¿cómo podemos encontrar el justo y satisfactorio modo de articular el vivir unos con otros? Actualmente nos enteramos con mucha mayor rapidez de grupos organizados que fundan sus acciones en el engaño y la falta de probidad para obtener enriquecimiento ilícito o una situación de mayor ventaja en el manejo del poder para beneficiarse impropiamente. O sabemos del desprecio de mucha gente a los modos de convivencia pacífica de unos con otros. ¿Es posible crear un modo de convivencia que nos permita buscar efectivamente el bien común por medios legítimos?

   

Ante esta encrucijada, las comunidades y las sociedades han intentado abrirse paso por dos caminos que pueden ser complementarios. El primero, el más usado, busca organizar la sociedad a través de una normativa clara y rigurosa, y con la creación de instituciones que fiscalicen y controlen la convivencia. Es evidente que un grupo humano siempre tendrá que ponerse de acuerdo en cómo organizarse y en cómo se diferencian las responsabilidades. Pero conforme surgen rupturas más o menos graves en la convivencia, las leyes y normativas se van abultando y complejizando, lo cual nunca garantiza que todos los ciudadanos respeten estas normas y formas de convivencia: “hecha la ley, hecha la trampa”, dice el refrán popular.

El segundo camino es más arduo; sigue la huella antropológica. Se refiere a cómo las comunidades y sociedades logran educar a las nuevas generaciones traspasándoles el conjunto de valores, virtudes, sueños y esperanzas sobre las que se han construido. Es la expansión del ethos cultural en quienes se integran a la comunidad. Este camino, en el fondo, asume el desafío de la formación de las personas. Es justamente la pregunta que nos podemos hacer en circunstancias que comenzamos a celebrar el mes de la patria. ¿Qué convivencia queremos tener y qué patria queremos construir?

 

 

+ Fernando Ramos Pérez

Arzobispo de Puerto Montt