Benavente 385, piso 2, Puerto Montt | Correo: recepcion@arzpm.cl | Teléfonos: 65 2253295 | 65 2252215 | 961575294
Benavente 385, piso 2, Puerto Montt | Correo: recepcion@arzpm.cl | Teléfonos: 65 2253295 | 65 2252215 | 961575294
Muchas veces nos toca conocer personas que irradian una luz propia, pero a veces no la advertimos porque han vivido siempre en cierta forma absorbidas por la luz o la genialidad de otras personas. Algo así ocurre con las estrellas del firmamento que no las vemos de día, cuando el sol brilla con todo su esplendor, pero no más llega la noche y el cielo pareciera vestirse de miles de estrellas luminosas; no es que con la noche hayan llegado las estrellas, es que simplemente con la enorme luz del sol no las veíamos.
Así ocurre en algún grado con Clara de Asís, una mujer extraordinaria de la Edad Media, que supo rebelarse en contra de los moldes que intentaban regir su vida, pero que vivió al alero de san Francisco de Asís, el gran santo italiano. Nace en Asís en 1193 en el seno de una familia aristocrática de la ciudad; la casa paterna se encontraba a pocos metros de la magnífica iglesia románica de san Rufino. A la edad de 12 años, sus padres pretenden comprometerla en matrimonio con un caballero noble. Ella se niega con decisión; ya su corazón miraba a una vida dedicada a Dios. A los 18 años, después de escuchar una homilía de san Francisco en el domingo de Ramos, decide consagrarse al Señor. En la madrugada del día siguiente, se escapa a la capilla de la Porciúncula, donde Francisco con sus discípulos están viviendo; allí hace sus votos de pobreza, obediencia y castidad ante Francisco. Después se traslada a un monasterio de benedictinas y a fines de 1211 Clara, otras amigas y su hermana Inés se instalan en el monasterio de san Damián, dando así inicio a la fundación de las religiosas clarisas.
Siendo rica, se hizo pobre; teniendo todo lo que una joven de esos años podría soñar, lo abandona por un bien superior invisible; cuando las circunstancias de la vida le aconsejaban quedarse callada para obtener algún beneficio, ella prefirió hablar y expresar sus motivaciones interiores que chocaban con las imposiciones de sus padres. Al poco tiempo de iniciar la vida conventual con otras mujeres, recibieron del Papa el “privilegio de pobreza”, es decir, vivir sin poseer nada y así lo hicieron con alegría y entre enormes privaciones. Clara murió el 11 de agosto de 1253; dos días antes, el papa Inocencio IV, que residía en Asís, aprueba la regla de vida de las clarisas, siendo la primera redactada por una mujer; después él mismo preside su funeral. Dos años después, el papa Alejandro IV la canoniza como santa. Hasta el día de hoy, la claridad de su luz ilumina a generaciones de mujeres que han roto prejuicios y mandatos de otros para encontrar la alegría de la vida escondida en Dios.
+ Fernando Ramos Pérez
Arzobispo de Puerto Montt