Palabras, Paz y Convivencia
Cuando era niño, después de haber aprendido a leer y haber disfrutado de los “mundos” que se abrían por medio de la lectura, comencé a descubrir el poder de las letras y las palabras. Me parecía que cada libro generaba un maravilloso milagro, pues combinando algunas de las 22 consonantes y 5 vocales, se construían de manera infinita palabras, oraciones, historias y cuentos que narraban vivencias de protagonistas que poco a poco se iban acercando a mi vida. Fue así como fui entendiendo el poder maravilloso de las 27 letras que es capaz de introducir al lector en realidades desconocidas e inesperadas.
La literatura y sus múltiplos géneros literarios son una poderosa herramienta que mueve al intelecto humano a hacer grandes travesías en la mente y en el espíritu, y de esa forma plasmar también la realidad del y los lectores. En la historia de la humanidad encontramos muchos textos que han inspirado pueblos y generaciones enteras para conseguir algún objetivo, para realizar algún sueño o para incrementar la esperanza de hombres y mujeres. Es cosa de detenerse, por ejemplo, en la importancia que ha tenido la Biblia en más de dos mil años de historia; es el libro más vendido y traducido a diversos idiomas, y sigue animando hoy a millones de personas.
Por este motivo, las palabras también construyen realidades, lo cual le confiere al ser humano una gran responsabilidad para usarlas desde una perspectiva ética para que desde la fantasía de las utopías cautivantes narradas por la literatura no se pase a mundos distópicos, llenos de oscuros presagios que siembran la desesperanza en el presente. O bien no se utilicen para agredir, ofender o dañar a los demás.
Lamentablemente en el último tiempo algunos conspicuos exponentes de la así llamada clase política se han dedicado a usar el lenguaje para ofender, tergiversar y generar un ambiente de crispación y exacerbación que no hace otra cosa que alterar la paz y golpear la convivencia social. Por esto, el Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile, el pasado 13 de mayo, señalaba que: “Resulta doloroso y motivo de justo escándalo para la ciudadanía, y sobre todo para nuestra juventud, observar a autoridades enfrascadas en disputas constantes, descalificaciones personales, lenguaje impropio e incluso expresiones soeces, que lesionan gravemente la nobleza del servicio público. Cuando quienes deben elevar el debate lo rebajan, no solo dañan a su propia investidura, sino que contribuyen al desprestigio de las instituciones. Quien pierde la medida en las palabras, fácilmente hiere la caridad y ofende. Toda función pública debe ser un servicio que favorezca la verdad”.
Esperamos que estas palabras nos alienten buscar caminos de diálogo y de paz para construir una convivencia social desde la amistad cívica que tanto necesitamos ahora en Chile.
+ Fernando Ramos Pérez
Arzobispo de Puerto Montt