Hace más o menos dos mil años atrás, una mujer samaritana fue a buscar agua a un pozo a las afueras de su ciudad. Era un pozo antiguo; excavado por Jacob, uno de los patriarcas del pueblo de Israel, en donde había bebido él, su familia y sus animales. Por muchos siglos, la gente de los alrededores iba al pozo, una o dos veces al día, a buscar el agua necesaria para sus actividades diarias. Esa mujer fue extrañamente al mediodía, cuando lo normal era ir en la mañana y en la tarde.
En el pozo, se encontró con un hombre judío, quien le pidió que le diera de beber agua porque tenía sed. Ella se sorprendió que le hablara, ya que en aquel entonces era extraño que un hombre y una mujer desconocidos hablaran entre ellos y además entre samaritanos y judíos prácticamente no se hablaban por la secular discordia existente entre ambos pueblos. No obstante, la conversación comenzó a fluir con rapidez. El judío, Jesús de Nazaret, le señaló que él podía darle a beber un agua que no le produciría más sed, porque se transformaría en un manantial que brotaría hasta la vida eterna. Pero, además, en la conversación, Jesús comenzó a percibir cuál era la historia personal de la mujer; al parecer, ella llevaba una existencia marcada por el dolor, el rechazo y el abandono, pues había tenido 5 maridos y estaba ahora con un hombre que no era su marido. La mujer, entonces, se interesa por este extraño y le pregunta si acaso era un profeta. Jesús le anuncia que ya se acerca el momento que aquellos que adorarán a Dios lo harán en espíritu y en verdad.
La mujer se retira del lugar y les dice a sus conocidos que ha encontrado un hombre que parecería ser el Mesías. Algunos de los samaritanos fueron donde Jesús y al verlo y hablar con él durante dos días, accedieron a la fe y confesaron que Jesús de Nazaret era el Salvador del mundo.
Este relato del evangelio de Juan (Jn 4,5-42) expresa con sencillez lo que se produce cuando se tiene un encuentro personal con Jesús. La mujer del pozo de Jacob representa a las mujeres que han sufrido el abandono, la denigración, la violencia o el desprecio en la historia de la humanidad, pero no quedan sumergidas en la adversidad, sino que logran reconstituir su dignidad y valor ante los demás, cuando se encuentran con las palabras y la cercanía de Jesús. Por este motivo, en este día en que se celebra el día internacional de la mujer, vale la pena reconocer a las mujeres que conocemos su valor y dignidad, como lo hizo Jesús, pues ellas entregan un aporte insustituible a la familia, la sociedad y la Iglesia.
+ Fernando Ramos Pérez
Arzobispo de Puerto Montt