Arzobispado de Puerto Montt

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Hay pocas cosas en la actualidad que sean menos apetecidas o deseadas que las cenizas. Muchas veces parecen molestar. Cuando hay una erupción volcánica, caen cenizas en los alrededores, dificultando y entorpeciendo la vida de las comunidades locales. En un incendio, vuelan cenizas incandescentes, amenazando con extender el fuego y provocando devastación y alarma, y al final del incendio quedan las cenizas como mudos testigos de la tragedia.

Las cenizas son el residuo de un proceso de combustión completa de materia orgánica. Lo que antes era una planta o un cuerpo animado de algún animal, después de la combustión, queda reducido a un polvo gris compuesto por minerales inertes tales como potasio, calcio, magnesio y otros. Por esta razón, algunos consideran que las cenizas pueden tener cierto valor mezclándolas con fertilizantes.

   

Lo que en la vida cotidiana pareciera tener un escaso valor y más bien nos hace recordar el poder devastador del fuego, en el plano de las significaciones, metáforas y el lenguaje simbólico, las cenizas adquieren un valor mucho mayor, pues nos conectan a realidades humanas como la muerte, la conciencia de la nada, la pequeñez humana, el arrepentimiento y la penitencia. En las antiguas culturas orientales, se acostumbraba a cubrirse la cabeza como expresión de luto y duelo. Y en los primeros libros de la Biblia, la ceniza se emplea para representar la condición humana: Abraham decía: “Mira, me atrevo a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gn 18,27). O para expresar arrepentimiento y conversión como el Rey de Nínive, sentándose sobre ceniza, tras escuchar al profeta Jonás (cf. Jo 3,5-6). O duelo y dolor, como Mardoqueo (Cf. Ester 4,1). El mismo Jesús hace referencia a las cenizas como expresión de penitencia y conversión, lamentándose de la actitud de los poblados de Corozaín y Betsaida que no entendían los milagros hechos por él (cf. Lc 10,13).

Por estos motivos, el cristianismo de a poco fue incorporando las cenizas en los elementos simbólicos de la liturgia para representar tanto la condición frágil y débil del ser humano, como la necesidad de hacer penitencia para profundizar el arrepentimiento por la lejanía a Dios. Actualmente la liturgia del miércoles de ceniza, que celebramos hace pocos días, comprende la imposición de cenizas a los fieles asistentes, diciendo el sacerdote: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” (Gn 3,19) o bien “Conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1,15). De esta forma, se nos introduce en la Cuaresma, tiempo litúrgico que enfatiza la importancia de la penitencia para obtener un corazón reconciliado con el Señor para vivir más intensamente la conversión y disponer de mejor forma nuestro corazón a celebrar la Pascua de Jesucristo en Semana Santa. Nuevamente la Cuaresma nos abre una posibilidad de volver al Señor.

 

+ Fernando Ramos Pérez

Arzobispo de Puerto Montt