Hace pocos días celebramos la Navidad. Fue ocasión para encontrarnos con nuestras familias, intercambiar regalos, desearnos paz y esperanza para el próximo año y para el futuro. La vorágine de fin de año puede hacernos olvidar a veces el verdadero sentido de la Navidad y confundir así las motivaciones centrales y más profundas de esta celebración.
Siendo una fiesta eminentemente cristiana, en la que muchos no cristianos también participan, conviene resaltar que la figura central no es el viejito pascuero, los regalos o los decorados, muchos de ellos nórdicos, que acostumbran a acompañar esta fiesta, sino más bien un niño pequeño y frágil, recién nacido en la pobreza de un pesebre habitado por algunos animales. Los cristianos reconocemos en aquel recién nacido la visita de Dios Todopoderoso. Ya el profeta Isaías lo había anunciado ocho siglos antes de Cristo, diciendo: “un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz” (Is 9,5).
El calendario litúrgico de la Iglesia Católica establece que la celebración de la Navidad, que siempre es el 25 de diciembre de cada año, se prolongue en un tiempo litúrgico de igual nombre que termina con la celebración de la fiesta del Bautismo del Señor, que en el año 2026 será el domingo 11 de enero. Durante las dos semanas y media que dura este tiempo, la liturgia, a través de las lecturas bíblicas, va desvelando de a poco el misterio escondido en este pequeño niño que ha nacido en Belén. Se va advirtiendo, entonces, que en él reside la gloria de Dios, porque siendo un ser humano es también Dios mismo que viene a estar con la humanidad entera. La contemplación de este misterio nos deja estupefactos y anonadados, porque ¿es posible que el Creador se haga creatura, que el infinito se hago finito, que el inmortal se haga mortal? Y sí, es posible que Dios haga todo esto y mucho más, ya que a Él lo motiva amar con radicalidad a sus creaturas para que superen su propia debilidad y limitación.
Ante esta propuesta de Dios, la humanidad es invitada a responder. El día de la Epifanía, que será el domingo 4 de enero de 2026, los Magos de Oriente representan a la humanidad que se inclina en gesto de adoración ante el niño Dios. Traen como regalos oro, incienso y mirra. Expresan la aceptación de esa parte de la humanidad que quiere mantener el diálogo con Dios. Y nosotros, ¿qué regalos pondremos a los pies del niño en Belén para continuar nuestro diálogo con Él?
+ Fernando Ramos Pérez
Arzobispo de Puerto Montt